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miércoles, 17 de agosto de 2011

El espejo

Desde que tenia uso de razón, todos los días, absolutamente todos los días, se miraba al espejo tres veces. Al levantarse, después de comer y antes de ir a la cama
El espejo era la confirmación de que estaba vivo. El espejo reflejaba su imagen, lo que su imagen y el a través de ella transmitían.
Así, sabia como había dormido aquella noche. Si se había pasado comiendo ese día y al acabar la jornada, si seguía transmitiendo sensaciones.
Con el tiempo aprendió que aquello de que los ojos son el espejo del alma era cierto. Y desde que lo descubrió, también se miraba en los ojos de los demás.
Me caes de puta pena, podía leer en los ojos de aquel individuo al que saludaba todos los días. Nunca le tuvo rencor. El no sabia que lo que se leía en sus ojos no era sino el reflejo de lo que quien miraba transmitía. Anda que tu a mi…
Sobre todo le gustaba mirar los ojos de las personas queridas. Era necesario comprobar que había reflejos, que se sentían queridas y sus ojos le devolvían las sensaciones que el era capaz de trasmitir
Un día de tantos, al ir a dormir, y como siempre hacia, se miro al espejo.
Sus ojos se abrieron mucho. Su rostro de desencajo.
En el espejo no había nadie. El no estaba en el espejo. El no transmitía nada.
Estaba muerto?
Corrió despavorido. Necesitaba mirarse en los ojos de ella.
Nada. No había nada. No había imagen.
No trasmitía sensaciones. Los ojos no podían devolverle nada.
Estaba muerto.

sábado, 17 de octubre de 2009

Monty y el amor (Basado en un hecho real)

Yo viajo poco, y me refiero a salir de España. Para eso tengo a mi amigo que lo hace por el y por mi. No para. Al regreso de su ultima escapada, esta vez a Tailandia, apareció en casa antes de haber pasado por la suya.
-me echabas de menos?. O allí no había buena cerveza y has llegado con mono de las mías?

Mientras hablaba ya tenia abiertas dos Paulanner bien frías, en sus correspondientes vasos y por supuesto, muy bien servidas. El, mi amigo, rebuscaba en una maleta hasta que saco una caja de tamaño mediano que me entrego.

-Bua!!!! un regalo de lejanas tierras. Es hierba tailandesa?

-Mira, yo se que tu no crees en mariconadas, pero no pude resistirme a traerlo. Aquí tienes. Todo tuyo

Abrí la caja y lo mire

-Un oso de peluche. Me has traído de Tailandia UN OSO DE PELUCHE. Es una forma sutil de decirme que no debo seguir durmiendo solo?

-No pienso comentar mucho. Tu solo hazle un gesto de cariño, un mimo... bésalo coño!!!!

Si hubiera vuelto de Colombia, ya tenia seguro el motivo de su viaje, aunque claro, en Tailandia también podía haberse puesto hasta el culo. Pero no, su tono de voz era...normal?

-Que lo bese. Que le haga un mimo. Quieres que le haga un mimo a mi recién estrenado osito de peluche. Que digo osito...esto es... es. Que coño es esto Arturo?

- Quieres besarlo?
Que podía perder. Era tan fácil a veces hacer feliz a mi amigo. Así, tome aquella cosa en mis manos y lo bese
- JODER!!!!
Casi se me cae de las mano. Me quede frió, mirando aquella cosa. Aquella “cosa” había temblado, emitió como un susurro. Estaba...vivo?

-Arturo...dime que es esto.

- No lo se Ernesto. Solo se que si lo mimas, si lo quieres, si le das...amor, el crece.
-Crece. Quieres decir que va creciendo, que se alimenta de amor. Si?
-Bueno, eso me han dicho. No, no es que se alimente de amor. Come de todo, de todo, como tu. Pero el amor le hace crecer.

El resto de la visita fue usado en degustar las cervezas y hablar en términos generales de su viaje. Nunca entraba en detalles ni yo se los pedía. Era mi amigo. Bastaba con lo que el quisiera contarme.
Arturo marcho, yo recogí un poco la cocina, fregué los vasos, disfrute de una ducha tibia y me metí en la cama. Al apagar la luz escuche de nuevo el susurro. Monty!!!. me he dejado a Monty en el sofá. Salte de la cama y fui por el. De vuelta a la cama, con Monty en brazos, me sorprendí pensando sobre si estaba volviéndome loco. Que coño hacia yo saltando de la cama para no dejar a un “bicho” de peluche solo en el sofá?
Lo cierto es que a pesar de mis escepticismo, de mi falta de fantasía, acosté a Monty junto a mi y... le di un beso.
-Buenas noches Monty
Cuando desperté tuve que separar a Monty de mi cuello. Estaba “abrazado” ami. Era cálido, suave y...feo!!! Era feo de cojones, pero tenia algo que lo hacia fácil de querer.
Si, decididamente estas volviéndote loco Ernesto. Pero que mas da. Acaso no lo has estado siempre un poco. Que sea por lo menos con motivo. Termine de afeitarme, eso que tanto odio, y prepare un desayuno. Un desayuno para DOS. Y vaya si come de todo el tal Monty, y en que cantidades. Y no. no me pidáis que lo describa, porque no seria capaz. Imaginaros un... un bicho de peluche, eso es. Feo, con unos ojos llenos de luz. OJOS!!! Monty tenia ojos, y me miraba. No me había dado cuenta. Desde que despertó, miraba toda la casa, me seguía, me miraba sin perder detalle. Aquellos ojos miraban mas allá de lo permitido, era como si me desnudara por dentro. Miraba mi alma.
-Monty, he de marchar a trabajar. Te diría que puedes salir, pero sinceramente, no respondo de la reacción de quien te vea. El resto de los humanos aun se creen cuerdos y no te “creerán”, no se creerán que eres lo que ... lo que quiera que seas.

Monty no hablaba, o al menos aun no. A saber de lo que era capaz mi nuevo compañero. Pero entendía y me hacia saber con su mirada y sus gestos que entendía. Quedo tumbado en el sofá, relajado.


-Joder Monty!!! has vaciado el frigo? Que has comido chico?.. estas mas gordo. Estas.. creciendo?

Todo aquello no podía ser si no un sueño tipo matrix, pero lo cierto mis queridos lectores es que Monty “crecía”, y lo hacia a cada beso, a cada mimo, a cada gesto de amor hacia el. Y lo que al principio fue algo tan hermoso como demostrarme, y de forma visual, que era capaz de amar, pronto empezó a ser un pequeño problema.
-Monty, ya no cabemos en la cama los dos. No te preocupes, yo pongo un sofá cama aquí, junto a la grande y así seguimos estando juntos.

Pero en muy poco tiempo Monty no solo no cabía en la cama. No cabía casi en la cocina, a duras penas podía salir por la puerta. Había que dar una solución a aquello. Y me puse manos a la obra. Nunca mejor dicho lo de obra. Hice un anexo a la casa con una puerta especial en medidas, una cama especial para los dos, una mesa adecuada a su tamaño a la que yo tenia que acceder casi con escalera y todo un sin fin de reformas. Mis ahorros de mucho tiempo se fueron con el amor ha Monty.
Pero el crecía. Yo le amaba y el crecía. Y cuanto mas le amaba, mas brillantes eran sus ojos, mas entrañable su mirada y mas deseaba amarlo.
Y el mas crecía!!!!
Entre ir adecuando el hábitat para Monty y la compra en el super, el sueldo apenas llegaba a día 20. Empece a hacer horas extras. Salia de casa a las 7 de la mañana y volvia a veces pasadas las once de la noche. Una noche, al regresar derrotado de un día duro de cojones... Monty me miro suplicando una caricia.
-Monty, perdona pero no estoy para caricias. No me tengo en pie. Siento que me hayas esperado para cenar. Yo no cenare. Solo quiero dormir. Hasta mañana.
Mi ritmo de trabajo era cada vez mas frenético, mas y mas horas. Llegue a pasar la noche en una sala donde trabajaba, solo para poder dormir un rato.
Cuando duro aquello? No lo se. Pero desperté de aquella pesadilla cuando una noche al llegar a casa descubrí sobre el sofá lo que parecían restos de un oso de peluche.
Monty había “desaparecido”. Igual que creció por mi amor, mi desamor al tener que trabajar todo el día para poder acomodar casi día a día su hábitat y comprar alimentos para los dos, le había hecho desaparecer.

Moraleja... no hay dios que entienda esto del amor.

Nota del autor.- Historia basada en un hecho real, si. En el nuevo anuncio de no se que coche :)

miércoles, 18 de marzo de 2009

Violetas, huracanes, amantes y otros fenómenos atmosféricos




La plaza de la catedral seguía siendo un entorno mágico, aun a pesar del castigo arquitectónico al que nos sometió el ayuntamiento con la ampliación de la casa consistorial, un edificio de líneas rectas en lamentable contraste con los diversos estilos de la catedral y su entorno. Aun así, repito, aquella plaza mantenía su embrujo. Por eso el intentaba siempre que podía disfrutar sentándose en la terraza del Café di Roma, saboreando un exquisito café solo, sin azúcar, como los hombres, leyendo, y absorbiendo el ir y venir de las gentes que continuamente transitaban la plaza. Al ser su ciudad todavía un lugar pequeño, el turismo tenía la plaza como itinerario de obligado cumplimiento. Así a cualquier hora podía verse una pareja con su niño, el típico globo de gas atado al cochecito del bebe, globo que como debe ser, solo servia para ir golpeando las cabezas de los demás transeúntes, y muy rara vez para mantener al niño entretenido. Una alumna de la escuela de danza y teatro, que con sus mallas y los calentadores de piernas se dirigía a clase después de hacer el amor, ambas cosas fáciles de deducir. Iba a clase, y no salía de ella, porque aun era ágil su paso. Acababa de hacer el amor, eso lo iba gritando por todos y cada uno de sus poros. La excursión guiada de la Peña amigos de Almendralejo. Siempre le habían preocupado estos excursionistas. La edad media no baja de los 65, todos mirando hacia las alturas para poder fotografiar la cúpula de la torre de la catedral, con lo cómodo que es fotografiar las puertas, mas a su altura. Que de dolores cervicales iban de llenar esa noche el hotel de la peña Amigos de Almendralejo.

En fin. Con todo esto, a veces le costaba concentrarse en su lectura, pero tanto le llenaba lo uno, como lo otro. Y en una de esas observaciones estaba, cuando se fijo en una mujer, hermosa, radiante, que se dirigía decididamente hacia el. Tuvo que contener la sonrisa típica de “holacuantotiemposinverte”, porque jamás la había visto. Si era el nuevo sistema de cobro de sus acreedores, al final seria un placer pagar. La mujer llego a su altura, tan cerca que le inundo su olor. De pronto se descubrió respirando con ansiedad. Se detuvo, y al agacharse quedaron al descubierto un palmo por encima de sus rodillas, y desde el vértice de su jersey, el infinito valle de sus pechos. El sintió como su corazón se le volteaba. El estomago se le encogía. El pelo de la mujer rozo su cara. Ahora el vuelco estaba mas debajo de su estomago. Ella volvió a levantarse y dejo sobre la mesa un encendedor.
Se te había caído al suelo.
Debemos pensar que sonó algo parecido a gracias, aunque quizás no paso de ser un fonema gutural deforme. De pronto recordó el ramo de violetas que tenia sobre la mesa. Lo tomo y lo alargo hacia ella. Al mismo tiempo cometió la osadía de mirarla a los ojos. Se perdió en un mundo de fantasías, en profundidades vertiginosas. Cuando ella recogió el ramillete, sus pieles se tocaron. Hasta los cimientos de la catedral temblaron, las mesas bailaban enloquecidas moviendo lo que había sobre ellas hasta llegar a volcar vasos que derramaban su contenido sobre los adoquines de la plaza. Tal debía ser su turbación, que ella, para tranquilizarlo, tomo su cara entre sus manos, se acerco y su boca le humedeció hasta la medula. ¿tranquilizarlo?. Para nada. Fue como si una descarga de protones le atravesara de pies a cabeza. Y aun sin reaccionar, noto como un extraño fenómeno invadía la plaza. Un aire denso, con un inconfundible aroma a violetas y una tonalidad azulada estaba envolviendo la plaza y las gentes. Aquello iba tomado fuerza, hasta que de pronto se convirtió en un huracán que a su paso fue arrollando mesas, sillas, globos de gas, maquinas de fotos de los amigos de Almendralejo. Y así hasta que el ojo del huracán les envolvió.

Quizás todo aquello sucedió en milésimas de segundo. Que importaba. El tiempo siempre que suceden estas cosas se detiene. Poco a poco, igual que había comenzado, el huracán fue cediendo en intensidad y la plaza recobraba su normalidad. El niño flipaba mirando como su globo se elevaba arrastrando su cochecito. Gracias que sus padres alarmados le habían tomado en brazos. Eso pensaban sus padres. El pensaba lo guay que seria ir en su cochecito. Los de Almendralejo trataban de encontrar sus cámaras de fotos, y los camareros maldecían ante aquel desparramo de mesas, sillas, vasos.
Y cuando todos habían casi vuelto a sus vidas, algo llamo su atención. Miraron hacia el cielo y se quedaron boquiabiertos contemplando como una violeta descendía suavemente sobre sus cabezas, flotando en el aire aun denso hasta posarse en los adoquines de la plaza. Justo en ese instante, sobre la torre de la catedral se escucho el susurro inconfundible de dos amantes.


Stico1949// Febrero/2003

sábado, 14 de marzo de 2009

Neboa



Desde que vivía en Coruña se sentía invadido en cada momento por extrañas sensaciones que le hacían creer día a día que la magia realmente existía en aquellas tierras. Apenas un mes y ya había visitado lugares en que su piel se sentía rozada por fuerzas desconocidas, siempre con aquella humedad que le invadía y a través de la cual percibía como ella iba calando en su alma. Desde el día en que la conoció supo que la amaba, que la amaría hasta el fin de sus días. También desde aquel momento tuvo la agridulce sensación de que jamás seria suya. ¿ Suya? Que tontería. Era más suya de lo que nunca nadie lo había sido. Se había entregado a el con una rabia que a veces les dolía. Y todo eso en la distancia. Apenas tres encuentros. Apenas unas horas de cama compartida, con prisas pero cargadas hasta reventar de pasión. No. Lo que sentía era la tristeza por no compartir con ella sus tiempos, sus despertares y el momento de decir adiós a un día, recostada ella en su hombro, abandonándose tras una jornada en que todo habría sido vivido entre dos.

Siempre dormía con la ventana abierta. Llegaba de un lugar donde el calor hacia de las noches una sucesión de horas interminables, y regaba su cuerpo de sudor, afortunadamente a veces mezclado con otras humedades “compartidas” en el pensamiento con ella. Por eso desde que llego a Coruña, nunca había cerrado la ventana para dormir. Quería sentir frió en la piel. El contraste de su piel fría y su alma ardiendo de pasión lograba que sus noches fueran un lugar para la magia, la pasión. Horas llenas de ella, de su olor, de su textura en los dedos, de su aliento en la nuca y recorriendo su cuerpo despacio. Aquella noche había una niebla densa, más densa de lo acostumbrado en esa época del año. Solo un reflejo difuso dejaba localizar las farolas de la calle. Acostado en su cama, aun con los ojos abiertos, pudo ver como la niebla se metía en la habitación. Parecía creada por los efectos especiales de un concierto de rock, se deslizaba lenta hacia el suelo dejada llevar por su peso y su densidad. La noto en sus pies. Pero de una forma especial. ¡ Dios ¡ Aquella niebla estaba acariciándole los pies. Se estremeció. Su piel se erizo como nunca antes lo había hecho. Y se vio envuelto en una nube húmeda y sutil que subía por sus piernas desnudas, le mojaba, se metía dentro de el. Hasta que llego a su cara, trepando impúdica por su torso. Y en ese instante se produjo la magia. Cuando la niebla rozo sus labios, se condenso de golpe sobre el transformada en el cuerpo hermoso y calido de su amada. Cada gota de niebla se filtraba hasta el ultimo de sus poros convertida en ella, tomándolo y dejando que el la tomara. Se besaron ardientemente empapados hasta el alma de pasión. Sus manos buscaban frenéticas pieles, rincones de sus cuerpos otra vez reconocidos. Chapoteaban literalmente rodeados de fluidos que brotaban de todas partes. Y cuando llegado al limite de la locura, cuando el éxtasis le hico abrir la boca para exhalar un grito de placer, ella desapareció a través de su boca hacia sus entrañas, convertida de nuevo en niebla densa, dulce, húmeda.
Cuando despertó aquella mañana, sus sabanas estaban marcadas por la figura húmeda del cuerpo de la mujer amada. No había soñado.


Stico1949
A Coruña, 9 de Agosto del 2003

domingo, 8 de febrero de 2009

El escultor de arenas

Me sentía orgulloso por haber logrado el equilibrio entre las nuevas tecnologías, y lo que era más importante para mí, una calidad de vida que me permitía “vivir” para vivir, no hacerlo para subsistir simplemente. Por eso la decisión de trasladarme a aquel pueblo de costa en Galicia fue de lo más acertado que había hecho en los últimos años, cargados estos de demasiados errores. Me sentía perfectamente en aquel lugar. Allí disponía de casi todo lo que siempre había deseado. Gentes normales, mar, bosques, niebla, lluvia. Pero lo que de verdad me engancho a aquel pueblo fue el, el escultor de arenas. Lo descubrí en uno de mis primeros paseos por las calas, siempre al atardecer. En una de ellas, pequeña y acogedora, había un hombre esculpiendo en arena una estatua de mujer. Me fascino la imagen y me senté a recrearme en aquel momento, sin ser visto, sin la mas mínima intención de acercarme a el, entre otras cosas porque intuí que no se habría enterado de mi presencia. Con una lentitud que producía sensaciones de tranquilidad en el y en quien le pudiera estar observando, termino su escultura y se sentó frente a ella, sobre la duna que daba entrada a la cala. Poco a poco la marea fue subiendo el nivel de las olas que llegaban a la playa, y estas comenzaron a lamer los pies de la mujer, por cierto, desnuda y tremendamente hermosa. Al poco rato, la espuma de las olas y la mujer se habían fundido en una marea que devolvía al mar la arena con la que le hombre había trabajado. Una vez que todo había vuelto a la normalidad, se levanto y se dirigió hacia mí. Su mirada me recorrió hasta la medula. Nunca sabré que había en ella, pero me sentí bien. Paso a mi lado y solo hizo un gesto de cabeza. A los pocos días, comentando eso en un bar, me dijeron que hacia lo mismo todos días, invariablemente todos, desde hacia casi 30 años. Y me colgué de aquello. A menos que hubiera una fuerza mayor, algo realmente importante que me lo impidiera, asistía cada atardecer para contemplar el ritual de aquel hombre que sin duda contenía una hermosa historia de amor.
Un día al llegar pise algo que hizo ruido y el se volvió y me miro. Note una expresión que nunca antes había visto en sus ojos. Ansiedad, tristeza o quizás miedo, y sentí el impulso de acercarme a el. En los tres años que le visitaba, jamás me atreví a entrar en su vida.


-Es hermosa, le dije intentando mostrar un profundo respeto, todo el que aquella vivencia despertaba en mí hacia aquel hombre.

-No te enfades, me respondió. Es la mujer más hermosa que jamás ha existido. Y me ama.

Lo que siempre me cautivo de aquel hombre fue su fuerza, la que había en su mirada de ojos marrones o verdes según la luz que en ellos se reflejaba, incluso, y ara su edad, la apariencia de hombre fuerte. Su seguridad en cada movimiento, en cada gesto. Cuando esculpía acariciaba la arena, trabajaba cada rasgo con un mimo que nunca había visto en nadie.

-Nos amamos. Desde hace exactamente 32 años y 165 días. Con sus noches. Desde nuestra primera conversación, cuando aun ni éramos capaces de imaginar que seriamos las dos personas en el mundo que más iban a desearse. En cada palabra, en cada gesto, cada tono de voz, se vertía todo el torrente de nuestra pasión. Y en nuestros encuentros… ¡ Dios!, nuestros encuentros. Fueron tres. Si, no pongas esa cara. Solo hemos estado cerca físicamente tres veces, y de esas, solo una hemos podido vivir nuestras pieles. Una sola y maravillosa vez. Como en cualquiera de nuestros encuentros, fueran en la distancia o uno junto a otro, derramábamos toda nuestra fuerza. No sabíamos cuando seria el siguiente, ni siquiera si habría un siguiente. Y eso que siempre tuvimos la certeza de que la vida nos regalaría un día el mejor de sus regalos: una noche abrazados.
Aquí, donde estamos sentados tú y yo ahora, fue la última vez que pude deslizar mis ojos por su cuerpo. De nuestro ultimo encuentro habían pasado cinco meses, cinco largos meses a través de los cuales fuimos llenando nuestras noches de deseos contenidos, de amor que nos punzaba a veces en la garganta, de caricias imaginadas que de de tan pensadas nos quemaban la piel, de gemidos en la distancia. En cada noche revivíamos el último encuentro y soñábamos con el próximo. Y llego al fin. Otra vez nuestros ojos resbalando por la piel, nuestras manos buscando un descuido para sentir el calor del otro. Dos horas. Dos horas para sentir como el aire de nuestros cuerpos al andar se mezclaba, para dejarnos arrastrar por la voz, quebrada a veces, para inundarnos de miradas que ardían. Se que te intrigan mis figuras de arena. Bueno, en realidad mi figura de arena. Solo es una. Siempre ella. Y también se, lo leo en tu mirada, que jamás me preguntarías el porque de ella, día tras día. Te lo contare. Al llegar la hora de despedirnos la acompañe hasta la cala, y ella quedo justo donde a diario la repito moldeada en arena. Yo marchaba y cuando llegue a lo alto de la duna, me volví a dedicarle una última mirada. Fue como si toda la luz del océano se hubiera concentrado en aquel punto, justo sobre ella, para iluminarla. Apareció ante mí saludando con la mano, con su sonrisa abierta y entregada… y con los pechos desnudos. Para mí, sabes. Era su forma de decirme que era mía. Mas mía de lo que jamás fue de nadie. En la distancia, en el tiempo, en las circunstancias, todos ellos adversos, y aun así, ella era mía. Ella lo sentía y así me lo hacia sentir en cada oportunidad que tenia.
¡Odiosa carretera! Fue la última vez que nos vimos. ¡Odiosa carretera! Me la robo para siempre.

Sentí un pinchazo agudo en el corazón. Casi balbuceando pregunte: ¿ella… esta muerta? Escuche mi última palabra retumbar en todos y cada uno de los granos de arena de la playa. El no dijo nada. Me miro y de sus ojos había desaparecido la tristeza, de su rostro aquella sensación de ansiedad que me hiciera verlo distinto a otras veces. Sin mediar palabra se volvió despacio y camino hacia la estatua de arena. La marea comenzaba a subir. Se abrazo con delicadeza a la mujer, a su amada y amante. La beso en la boca. Las olas, como cada anochecer, lamían los pies de la estatua, y esta vez también los del hombre. Y esta vez ambos, estatua y hombre, amado y amada, fueron diluyéndose en la espuma de las aguas que en el replegar de sus olas iban llevándolos mar a dentro.
El mar les regalaba así lo que la vida no pudo hacer. Una noche abrazada. Una eterna noche de amantes.


Stico1949/31 del 8 del 2003

En A Coruña